AUTORRETRATO EN SANTIAGO DE COMPOSTELA, 1930

Acababan de sonar las doce campanadas de la Torre de la Berenguela. Llovía lentamente sobre la ciudad. En una habitación mal iluminada de estudiante, un joven grababa con gubias poco afiladas, dentadas, una escena campesina para un semanario revolucionario. En la mañana de aquel mismo jueves, apoyado en un muro del monasterio de Santa Susana, donde por el año 1100 se habían depositado las reliquias de la santa traídas de Portugal, había hecho rápidos apuntes de campesinos, del ganado que estos traían a vender, de ciegos violinistas con sus lazarillos y de pintorescos charlatanes que ofrecían a los feriantes artículos de propiedades aparentemente indiscutibles.

A aquella hora el joven estudiante debiera estar en una clase de la Facultad de Derecho, pero prefería a las lecciones del sabio catedrático, las enseñanzas que deducía del mundo de feriantes del bosque pagano de robles, que, hacía mucho más de mil años, había sido iluminado por una estrella cristiana. De noche grababa una de aquellas escenas de la mañana. La luz de su habitación atravesando la calle iluminaba los húmedos líquenes y musgos, dorados y verdinegros, de uno de los muros de la catedral.

El joven quería ser un pintor del pueblo y un abogado del pueblo. Un revolucionario por el común como lo fueron en esa ciudad los burgueses de hacía ochocientos y seiscientos años atrás y los campesinos hacía quinientos. Soñaba al hendir la madera. El mechón de cabello castaño le cubría los ojos. Si algún día tuviese que salir de Compostela volvería nuevamente al cabo de los años. Allí estaba el relieve de David bajo arco de la portada de las Platerías que era el canon de su arte. Quizás, si le faltase sabiduría y habilidad, volviese para golpear con su cabeza la de la estatua orante del Maestro Mateo como vienen haciéndolo las gentes del pueblo, o, si le faltase la salud y visión, acudiría a la fuente de la rúa del Franco con cuya agua recobró la vista el peregrino Franco de Sena.

AUTORRETRATO EN BUENOS AIRES, 1960

En una asoleada habitación de un departamento porteño un hombre maduro puebla su soledad pintando y grabando figuras. Ha vivido bastante, viajó, conoció muchas gentes y no sabe lo que quiere. Ha dibujado y pintado mucho, escribió además algunos libros y no sabe para qué. Pinta, graba, escribe, para sí mismo, indiferente a las modas y al tiempo. Acaban de dar las ocho de la mañana y está trabajando. De vez en cuando deja los pinceles y se asoma a una ventana que da a las vías de un ferrocarril que se extiende por la ciudad hacia el oeste.

Conversó con gentes sabias y grandes artistas, pero le hubiese gustado más hablar con los obreros extranjeros que colocaron los rieles que está viendo. Los que se internaron por campos despoblados y atravesaron la inmensa llanura de las pampas. Conocer los secretos de su inmigración y aprender de su sabiduría popular heredada en viejos y remotos pueblos. Muchos, seguramente, fueron enterrados junto a las vías que colocaban y allí quedaron para siempre, solos, como vivieron. Murieron con un lejano y extraño recuerdo en la mente.

Enfrente del estudio, si a esta habitación donde trabajo se puede llamar estudio, un ferroviario italiano tiene su casa de madera y zinc y un pequeño huerto donde planta legumbres y flores. Su patria es ahora la breve huerta que labra en las horas de ocio. El pintor volviendo apenas el rostro ve a la puerta de una casa de la calle Salguero, una anciana solitaria, sentada en una silla de paja amarilla, que se distrae con el paso de la gente.

El cabello del pintor vino encaneciendo con los años, pero continúa soñando cuando pinta, o cuando dibuja y graba. Le hubiese gustado expresarse con la levedad de materia de un artista oriental o de un miniador de apocalipsis de su estirpe y que un solo trazo libre y espontáneo reflejase la vida de un rostro, de un fruto o de un paisaje. Sabe que otros artistas contemporáneos buscan medios contrarios, pero él no sabe a punto fijo cual es su época, su tiempo, aún cuando viva en 1960. Mientras tanto, cada día más solo, cree acercarse a aquello que busca. Piensa que cuando tenga más experiencia y edad quizás lo encuentre.